21 de febrero de 2008

De amores y desamores...

Hace unos días recibí carta de mi amigo Juan, enamorado todo él, sus palabras olían a miel. Y yo en proceso de asumir el retorno a la soltería le escribí lo siguiente:

Juan, amigo, tú hablas de despertares y de amaneceres. Yo sólo pienso en las noches con sus largos silencios, sus sombras y la agonía de las voces y el bullicio. Para estar sola, para leerte y conmoverme con tus letras.

Y después sentarme a la larga espera del sueño, rendirme al abrazo del olvido. Pero antes, trémula, apuro las horas para que traigan consigo los miedos que el ir y venir que mi día congeló; busco la soledad para que despierten las amargas memorias, los olores a muerte, el pecho que fue mi país un día, la nostalgia de lo perdido, los recuerdos clavados -recontraclavados-, y aún los vanos y sin sentido.

Con cada fuego invito a los viejos rostros de mi historia, esos que un día apurada por la vida fui dejando, y más que a ninguno a aquél que una tarde gris partió para siempre. El caso es que hago conjuros para que vengan a casa las horas comunes, igual las amadas que las odiadas, las naderías tejidas de ilusiones y, desde luego, todos los fantasmas de mi alma.

Los siento en el sillón que un día fue blanco como la nieve, les ofrezco café, del bueno, porque quiero rendirles cuentas, enfrentarlos, llorarlos, abrazarlos, amarlos, despedirlos, amarlos otra vez y luego matarlos. Pero presiento que no es suficiente, me falta un exorcismo final.

Ya sabes, hoy tú eres el amanecer pleno de vida que saluda las bellas partes de su cuerpo, y yo, yo el anochecer que hace exorcismos para renacer. Los dos buscando talismanes en las palabras. Apenas recuerdo amigo que un día, que hoy me parece otra era, también fuimos opuestos...

Adriana K.

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